La historia real que me recordó ( o hizo reflexionar) por qué un perro no tiene que querer a los niños
Hay artículos que nacen de una investigación.
Otros nacen de una idea.
Y algunos nacen porque un día estás durmiendo la siesta y, de repente, tienes niños dentro de tu casa mientras tus perros complejos emocionalmente están contigo.
Este artículo pertenece a la tercera categoría.
Y sí: esto me pasó a mí.
Lo que ocurrió
Vivo con tres perros que no tienen contacto habitual con niños.
No son perros que pueda soltar alegremente en cualquier situación y esperar que “se porten bien”. Son individuos con historias diferentes, necesidades diferentes y problemas de conducta que requieren gestión.
Una de ellas, además, presenta conductas de reactividad hacia perros desconocidos y antes hacia personas.
Esto no es un detalle menor.
Cuando tienes un perro con un historial de agresión, la prevención deja de ser una cuestión de preferencias personales. Forma parte de la responsabilidad de convivir con ese animal, y amar a ese miembro de tu familia también significa conocerlo bien y conocer como gestiona el mundo que le rodea.
En nuestra casa tenemos un protocolo para las visitas.
Cuando vienen personas, gestionamos a los perros, controlamos los espacios, las puertas y las interacciones. Y cuando ese protocolo se respeta, las visitas pueden desarrollarse perfectamente, es más todos los que han visitado mi casa ( incluso mi hermana que hospedó 2 meses) acaban enamorados de los perros y los perros de esa visita.
Ese día, sin embargo, ocurrió algo completamente diferente.
Mi marido y yo estábamos durmiendo la siesta junto a los 3 perros.
Y los sobrinos de mi marido, que están de vacaciones en casa de sus abuelos, entraron en nuestra casa sin avisar, sin tocar y sin pedir permiso (error 1 por mi parte dejé abierto porque antes estabamos trabajando en el huerto).
Mis perros no los conocían. Nunca los han visto. Estabamos descansando los 5.
Los niños no conocían a mis perros.
Y los adultos ya sabían que los niños no debían acercarse a ellos sin nuestra presencia y supervisión.
No hubo tiempo para preparar el encuentro.
No hubo presentación progresiva.
No hubo control de la situación.
Hubo sorpresa (nuestra y por parte de los perros, es que ímaginate que estás durmiendo y entra alguien a tu casa y no sabes quién es).
Y cuando hablamos de perros y niños, la sorpresa es un ingrediente que prefiero no añadir a la receta.
Me desperté y tuve que reaccionar inmediatamente para impedir que los perros llegaran hasta los niños. Salté a cerrar la puerta del dormitorio, no sé como lo hice, no sé como fui veloz, no sé como no pensé en que si era un ladrón.
Recuerdo perfectamente la sensación.
Adrenalina.
Miedo.
Y esa fracción de segundo en la que tu cerebro deja de pensar en teoría y empieza a pensar únicamente:
“Tengo que cerrar esta puerta.”
Lo hice.
Y por suerte no ocurrió una desgracia.
Pero me quedé pensando en algo que escuchamos constantemente, y más de adultos que no tienen mucha experiencia con perros:
“Pero si a los perros les gustan los niños.”
¿Y si no?
No todos los perros quieren lo mismo
Aquí empieza realmente esta historia.
Porque existe una idea cultural tremendamente extendida: que los perros deberían sentirse bien alrededor de los niños simplemente porque son perros.
Pero los perros no vienen programados con un botón de:
“AMO A LOS NIÑOS”.
Son individuos.
Tienen experiencias, preferencias, aprendizaje, genética, temperamento y estados emocionales diferentes.
Algunos perros buscan activamente la interacción con niños.
Otros los ignoran.
Otros pueden sentirse incómodos.
Y algunos pueden presentar respuestas de miedo, evitación, defensa o agresión ante determinadas interacciones.
Por eso la pregunta no debería ser:
“¿A mi perro le gustan los niños?”
Deberíamos preguntarnos:
“¿Cómo se comporta mi perro ante este niño, en este contexto y ante este tipo de interacción?”
Porque no es lo mismo encontrarse con un niño tranquilo sentado en el suelo… que con un grupo de niños corriendo, gritando, abrazando, persiguiendo o intentando tocar al perro.
El contexto importa.
Muchísimo.
Un perro no tiene que querer que lo toquen
Esta es probablemente una de las ideas que más quiero transmitir con esta serie de artículos.
Un niño puede tener muchísimas ganas de acariciar a un perro.
Eso es completamente normal.
El perro, sin embargo, puede no tener ninguna gana de ser acariciado.
Y eso también es completamente normal.
Aquí aparece una enseñanza fundamental para los niños:
que querer algo no significa que tengamos derecho a hacerlo.
Esto no es exclusivo de los perros.
Un niño puede querer abrazar a otro niño.
Pero necesita preguntar.
Puede querer coger un juguete.
Pero necesita respetar que otro niño esté utilizándolo.
Puede querer entrar en una habitación.
Pero puede necesitar llamar primero.
Con los perros debería funcionar exactamente igual.
El problema es que muchas veces enseñamos a los niños a acercarse a los animales como si estos fueran objetos interactivos.
“¡Mira qué bonito!”
“¡Acarícialo!”
“¡Dale un abrazo!”
“¡Llámalo!”
“¡Tócalo!”
Y nos olvidamos de enseñar la otra mitad de la conversación:
“Mira primero qué quiere el perro.”
“Pero mi perro es buenísimo”
Esta frase también merece su propio artículo.
Porque “buen perro” suele utilizarse como sinónimo de perro que nunca ha reaccionado de manera problemática.
Pero un perro puede ser maravilloso y, al mismo tiempo, tener límites.
Puede ser cariñoso con su familia y no querer que un desconocido lo toque.
Puede convivir perfectamente con un niño determinado y sentirse incómodo con otro.
Puede aceptar una interacción durante un tiempo y posteriormente necesitar distancia.
Puede tener un día en el que esté más cansado, enfermo, dolorido, asustado o sobreestimulado.
Y, sobre todo:
un perro que nunca ha mordido no es un perro que nunca podrá morder.
No digo esto para vivir aterrorizados.
Lo digo porque la prevención funciona mejor cuando dejamos de pensar en términos absolutos.
“Mi perro jamás haría eso.”
es una afirmación mucho menos útil que:
“Conozco a mi perro, conozco sus señales y sé cómo gestionar las situaciones de riesgo.”
Los niños tampoco tienen que convertirse en “entrenadores” de perros
Hay otra idea que me preocupa especialmente.
A veces pensamos que un perro que no está cómodo con los niños debe aprender a soportarlos.
Y aquí debemos tener cuidado.
La habituación y la desensibilización pueden formar parte de determinados planes de modificación de conducta, pero no consisten en exponer al perro indiscriminadamente al estímulo que le incomoda hasta que deje de reaccionar.
Eso puede ser contraproducente y, en determinados casos, aumentar el miedo o la respuesta defensiva.
Si un perro tiene miedo o agresividad hacia los niños, no deberíamos improvisar.
Deberíamos trabajar con un profesional cualificado que pueda valorar el caso individual y diseñar un plan de manejo y modificación de conducta adecuado.
Y mientras tanto, existe una herramienta extraordinariamente sencilla:
distancia.
La distancia salva situaciones.
Una puerta.
Una barrera física.
Otra habitación.
Un espacio seguro.
Una correa utilizada correctamente.
Una visita gestionada.
No todo tiene que convertirse en una oportunidad de entrenamiento.
A veces la mejor decisión es simplemente evitar que ocurra la situación problemática.
Eso también es bienestar.
¿Y qué pasa con los niños?
Aquí quiero hacer una pausa.
Porque esta conversación no debería convertirse en:
“Los niños son el problema.”
No.
Los niños están aprendiendo.
Están explorando el mundo.
Tienen menos capacidad que un adulto para anticipar determinadas consecuencias y necesitan que nosotros les enseñemos.
Por eso la responsabilidad principal no puede recaer sobre ellos.
La responsabilidad es adulta.
Somos nosotros quienes debemos controlar el entorno.
Somos nosotros quienes debemos impedir que un niño invada el espacio de un perro.
Somos nosotros quienes debemos gestionar al animal.
Somos nosotros quienes debemos decidir cuándo una interacción es apropiada.
Y somos nosotros quienes debemos enseñar al niño que un “no” también puede expresarse sin palabras.
Porque un perro no necesita decir:
“Por favor, no me toques.”
para que tengamos que respetarlo.
El perro también habla
Orejas.
Cola.
Postura corporal.
Orientación del cuerpo.
Movimiento.
Distancia.
Lamerse los labios.
Bostezar en determinados contextos.
Girar la cabeza.
Intentar alejarse.
Quedarse inmóvil.
Mostrar tensión corporal.
Todas estas señales necesitan interpretarse dentro del contexto.
No existe un diccionario universal donde cada movimiento del perro tenga una traducción exacta.
Un bostezo no significa automáticamente “estoy estresado”.
Mover la cola no significa automáticamente “estoy feliz”.
Y enseñar los dientes no aparece de la nada.
Por eso, en esta serie quiero hablar también de algo que considero fundamental:
aprender a mirar al perro completo y no solamente una señal aislada.
Y aquí vuelve mi historia
Después de aquel episodio me quedé pensando en todas las veces que escuchamos:
“Pero ¿cómo a tu perro no le van a gustar los niños?”
Y me acordé de una frase que escuché contar a una mujer:
Un señor le preguntó:
“¿Pero cómo a tu perro no le van a gustar los niños?”
Y ella respondió:
“Pues no. No es Disney.”
Me encantó.
Porque detrás de esa frase tan sencilla hay una idea enorme:
un perro no existe para cumplir nuestras expectativas.
No tiene que querer jugar.
No tiene que querer ser abrazado.
No tiene que querer que un niño le quite un juguete.
No tiene que querer que lo acaricien.
No tiene que querer acercarse.
Y tampoco tenemos que esperar a que un perro gruña o muerda para empezar a respetar su espacio.
La prevención empieza mucho antes.
No se trata de tener miedo a los perros
Y esto también quiero dejarlo claro.
Mi intención no es crear miedo hacia los perros.
Todo lo contrario.
Quiero que aprendamos a convivir mejor con ellos.
Porque los niños pueden tener relaciones maravillosas con los perros.
Pueden aprender muchísimo.
Pueden desarrollar empatía, responsabilidad y respeto hacia otros seres vivos.
Pero para que esa relación sea segura y saludable, necesitamos dejar atrás una idea:
que la convivencia consiste en que el perro aguante todo lo que haga el niño.
No.
La convivencia consiste en que ambos tengan espacio, seguridad y límites.
Un límite no es un fracaso
Quizá esta sea la frase que me gustaría que te llevaras de este artículo:
Separar a un perro de un niño no significa que hayas fracasado.
A veces significa que has tomado una decisión responsable.
No todos los perros tienen que convivir directamente con todos los niños.
No todas las situaciones necesitan interacción.
No todos los perros necesitan ser “sociales”.
Y no necesitamos convertir cada encuentro en una sesión de entrenamiento.
A veces el éxito es mucho menos espectacular:
nadie ha tenido que defenderse.
nadie ha tenido miedo.
nadie ha sido forzado.
nadie ha resultado herido.
Y todos vuelven tranquilos a casa.
Eso también es una convivencia exitosa.
Esta es solo la primera parte
Lo que ocurrió en mi casa fue el detonante para crear esta serie.
Durante los próximos artículos quiero hablar mucho más sobre perros y niños, límites, señales de estrés, supervisión, prevención y esas frases que repetimos constantemente sin detenernos a pensar qué significan realmente.
Porque hay una conversación que creo que nos debemos:
¿Estamos enseñando a los niños a querer a los perros o a respetarlos?
No es exactamente lo mismo.
Y creo que nuestros perros —y nuestros niños— merecen que aprendamos la diferencia
Deja un comentario