EL ORIGEN

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EL ORIGEN

¿Dónde está mi hogar cuando ya no sé dónde quiero vivir?

Tengo que tomar una decisión.

Llevo varios años evitando tomarla, pero creo que ha llegado un momento en el que ya no puedo seguir fingiendo que no pasa nada.

Tengo que decidir si quiero quedarme en Galicia o volver a mi ciudad natal en el norte de México.

Y qué difícil es escribir esa frase.

Porque no quiero volver.

Pero también quiero volver.

Y creo que ambas cosas pueden ser verdad al mismo tiempo.

No quiero volver por todo el peso emocional que significa regresar al lugar del que un día quise marcharme. Pero quiero volver por otro tipo de peso emocional: mi familia, mis raíces, la sensación de que quizá allí tendría una red de apoyo que aquí no tengo.

Y en medio de esta decisión están ellos.

Mis tres perros.

Por eso escribo esto aquí.

Porque este blog empezó hablando de perros, pero con el tiempo he descubierto que hablar de perros inevitablemente termina siendo hablar de nosotros.

De nuestra familia.

De nuestras decisiones.

De nuestros errores.

De nuestras emociones.

Y, en mi caso, también de lo que significa intentar construir un hogar lejos del lugar donde naciste, lejos de cualquier persona conocida.


Mis perros también forman parte de esta decisión

Tengo tres perros.

Nadie me obligó a tenerlos.

Los tres llegaron a nuestra familia mediante adopciones conscientes y, antes de cada adopción, hubo conversaciones, dudas, planificación y muchísimas preguntas.

Pero hay algo que, mirando hacia atrás, quizá no fui suficientemente consciente de que podía ocurrir.

No imaginé que alguno de ellos pudiera desarrollar conductas agresivas hacia otros perros.

Y no estoy hablando de ladrar cuando pasa otro perro.

Estoy hablando de un perro que puede intentar morder y que, dependiendo de las circunstancias, podría llegar a causar un daño importante a otro animal fuera de los que conoce en casa.

Eso cambia completamente la vida cotidiana.

Salir a pasear deja de ser simplemente:

«¿Sacamos a los perros?»

No.

Es:

¿Dónde vamos?

¿A qué hora?

¿Habrá perros?

¿Podremos verlos antes de que estén demasiado cerca?

¿Llevamos el bozal? Esto es obligatorio en nuestro caso, y no por ser PPP, pero por responsabilidad.

-El arnés antiescape (mi mejor aliado)

-El collar

-La doble correa

¿Tenemos suficiente espacio para apartarnos?

¿Y si aparece un perro suelto?

¿Y si aparece alguien que no entiende que necesitamos distancia?

Un paseo simple requiere toda la logística que puedas imaginar.

Y sí, puede ser agotador.

Mucho.

Me he formado.

He leído.

He buscado profesionales.

He aprendido sobre comportamiento y lenguaje canino, emociones, aprendizaje y manejo.

Y, sobre todo, tengo algo muy claro: no quiero intentar solucionar una conducta utilizando violencia.

Me niego.

Eso significa que el proceso puede ser mucho más lento.

Y también he tenido que aceptar algo que me costó muchísimo:

quizá algunos perros no llegan nunca a ser ese perro que imaginábamos.

Quizá hay perros que necesitan manejo durante toda su vida. Como el caso de mi amada Lua.

Quizá algunos nunca podrán ir tranquilamente a un parque lleno de perros.

Quizá algunos nunca serán los perros que pueden ir a cualquier terraza, a cualquier centro comercial o a cualquier reunión familiar.

Y eso no significa que estén rotos (o sí, pero yo también lo estoy un poco así que no soy quien para juzgar).

Significa que son quienes son.

Yo no tengo al adorable Golden Retriever que parece amigo de todos los seres vivos del planeta.

Y tengo que vivir con eso.

Lo asumo.

Pero asumirlo no significa que nunca me canse.

No significa que nunca me frustre.

Y, si soy completamente honesta, tampoco significa que nunca mire a otra persona paseando tranquilamente con su perro y piense:

«Qué fácil parece todo cuando tu perro simplemente puede caminar por la calle.»

Incluso me da envidia. Sobre todo ver cómo con juguetes, chuches o premios sus perros hacen el pino puente o ignoran a otros perros (los míos evalúan y te juzgan jajaja)

Y creo que está bien admitirlo.


Yo también romantizé la adopción

Creo que tenía muy romantizada la idea de adoptar.

Pensaba que con amor, tiempo, paciencia, esfuerzo y trabajo constante todo podía solucionarse.

Qué equivocada estaba.

Y quiero dejar algo muy claro porque no quiero que alguien lea esto y piense que estoy diciendo que no adopte.

Por favor, adopta.

Pero adopta de forma consciente.

Busca una protectora o refugio responsable. De preferencia local.

Pregunta.

Infórmate.

Conoce al perro todo lo que sea posible.

Pregunta por su comportamiento, su historial conocido, sus necesidades y sus dificultades.

Y si después de adoptar descubres que el perro es completamente diferente a lo que te habían explicado, no cometas mi error de pensar inmediatamente que todo es culpa tuya.

Busca ayuda.

Un cambio de comportamiento después de la adopción puede tener muchas explicaciones y, además, los perros pueden comportarse de manera diferente según el contexto, el nivel de estrés, el entorno y el tiempo que llevan en casa.

No siempre conocemos la historia completa de un perro (rara vez la conocemos).

Y nosotros tampoco podemos preverlo todo.

Yo no lo hice.

Y eso también forma parte de mi historia.


Porque el entorno importa

Hay otra parte de todo esto que me cuesta reconocer.

No he tenido suficiente ayuda en casa con los perros, al menos no la que esperaba.

Y vivo en un lugar que no considero especialmente bueno para su nivel de estrés, ni para el mío. Vivo en modo supervivencia. En julio 2026 que se fue una persona con problemas de salud mental que vivía en la casa abajo de la mía, por lo que comencé a dormir más de 5 horas seguidas hace poco (llevo 5 años aprox. sin poder dormir más de 8 horas por la situación con esa persona y otros vecinos, aparte de los propios problemas familiares).

Pero aquí aparece otra contradicción.

Porque, aunque este entorno no sea el ideal, es nuestra mejor opción por ahora.

No conseguimos una casa de alquiler asequible que acepte tres perros.

Y esto es algo que muchas personas que viven con varios animales entenderán perfectamente.

Encontrar alquiler con perros en España puede ser complicado (casi imposible).

Encontrar un alquiler asequible.

Que además acepte tres perros grandes.

Que tenga unas condiciones adecuadas.

Que esté en una zona que nos permita manejar las necesidades de los perros y las propias (ir al trabajo sin viajar los dos sobre 2 horas diarias para hacerlo).

Que podamos pagarlo.

Todo al mismo tiempo.

No es nada sencillo.

No podemos simplemente decir:

«Pues múdate a un sitio mejor.»

O:

«Vete a una casa con jardín.»

O:

«Busca una finca.»

O:

«Cambia de ciudad.»

O:

«Haz esto por el bienestar de tus perros.»

Ojalá la vida funcionara así.

Pero no funciona y ya nos mudamos por los perros y esta sigue siendo la mejor opción de momento.

Los recursos económicos también forman parte del bienestar.

La vivienda también.

El trabajo también.

La salud mental de las personas que cuidan de los animales también.

Y a veces hay que trabajar con lo que tenemos.

¿Es perfecto?

No.

¿Es mejor que vivir debajo de un puente?

Definitivamente.

Y, aun así, creo que hemos conseguido cosas maravillosas con nuestros perros dadas las circunstancias y los recursos que tenemos.

No todo es malo, triste y cruel.

Jajajaja.

Aunque tengo que admitir que es difícil ser positiva cuando las cosas son complicadas y vives rodeada de un entorno conflictivo.


Y entonces (re) aparece México

Y aquí es donde la historia se complica todavía más.

Porque volver a México tiene sus ventajas.

Tengo familia y amigos.

Tengo apoyo emocional.

Tengo apoyo económico.

Tendría una red.

Y también hay cosas relacionadas con los perros que, desde mi experiencia, serían diferentes.

En México, dependiendo muchísimo de la zona y del contexto, existe una convivencia con los perros que puede ser menos exigente en determinados aspectos.

Un perro puede ladrar.

Un perro puede hacer ruido.

Un perro puede simplemente comportarse como un perro.

Eso no significa que esté bien tener a un perro ladrando compulsivamente todo el día.

Si un perro ladra constantemente, algo merece nuestra atención.

Puede haber estrés, miedo, frustración, aburrimiento, dolor, problemas ambientales o muchas otras razones.

Pero tampoco espero que un perro pase un domingo entero completamente apagado, sin ladrar, sin correr, sin hacer sonidos solo por ser domingo y porque el domingo está prohibido hacer ruido.

No espero que tenga que ir conmigo al centro comercial o al bar.

Ni al cine.

Ni a todas partes.

En mi experiencia, allí el perro puede formar parte de la familia de una manera diferente.

Lo paseas.

Juegas con él.

Vives con él.

Lo quieres.

Lo cuidas.

Vas al monte o a la naturaleza.

Pero no necesariamente esperas que sea amigo de todos los humanos, todos los niños, todos los perros, todos los gatos y todas las gallinas del planeta.

Y para alguien que vive con perros con diferentes necesidades, esa diferencia cultural puede sentirse importante.

Pero entonces aparece la pregunta:

Si volver parece tan sencillo, ¿por qué no quiero hacerlo?

Y aquí tengo que hablar de mí.


Porque yo también soy hija de ese lugar

Nunca sentí que perteneciera completamente allí.

Y esto es difícil de explicar.

Porque México es mi país.

Es donde nací.

Es donde está mi familia.

Es donde están muchos de mis recuerdos.

Pero también fue el lugar del que luché muchísimo por salir.

Estudié.

Trabajé.

Me esforcé.

Me fui.

Y durante mucho tiempo sentí que había algo más.

Algo diferente.

Algo que yo quería conocer.

Y me pude ir a trabajar y vivir en distintos países, con tantas culturas distintas, tantos idiomas, comida, olores, sabores, tanta gente distinta y maravillosa con la que pude estar.

En mi entorno existía una idea bastante definida de lo que debía ser una mujer.

Una buena esposa.

Una mujer guapa.

Una mujer que se cuida.

Que tiene una casa bonita.

Un coche bonito.

Hijos.

Hijos en una buena escuela privada.

Una vida social adecuada.

Pilates y golf.

Desayunos con amigas.

El club de campo/campestre o como se llame en tu país.

Una familia tradicional y bien organizada.

Y, sobre todo, una mujer que sabe atender a los demás.

A su marido.

A sus hijos.

A su familia.

Yo crecí escuchando ideas como que había que atender al marido, que había que atender al hermano porque era hombre y merecía ese respeto, que trabajar estaba bien siempre que no descuidaras la casa o los hijos, y ya si querías trabajar tenías que ser muy exitosa y la mejor cirujana.

Y también estaba esa presión absurda sobre el cuerpo.

No engordar.

No descuidarse.

Porque si un marido era infiel, todavía existía esa idea de que quizá la mujer no había cuidado suficientemente su cuerpo.

Yo nunca encajé demasiado bien en ese molde.


Yo quería ser libre

Desde pequeña fui bastante complicada.

O eso creo que pensaban.

Tenía una personalidad fuerte.

Cuestionaba las cosas.

Discutía.

Preguntaba por qué.

Y no era precisamente la niña-princesa sumisa, femenina y adorable que mis padres soñaban con tener.

Tengo un recuerdo que todavía me hace reír (y me provoca querer abrazar a mi versión de niña pequeña).

Tenía unos seis años cuando me corté todo el pelo.

Mi madre estaba furiosa.

Me preguntó por qué lo había hecho.

Y yo, con la lógica impecable de una niña de seis años, le expliqué:

«Porque así ya puedo ser hombre y con eso hacer lo que quiera y ser libre.»

Según yo, la única diferencia entre mi hermano y yo era que él tenía el pelo corto y yo largo.

Así que, si me cortaba el pelo, sería un hombre y podría hacer y jugar a todas las cosas y deportes que me apetecieran.

Jugar al fútbol.

Jugar al baloncesto.

Usar patines.

Saltar en bicicleta.

Usar tenis/zapatillas.

Subir arboles.

Correr rápido.

Escuchar música divertida (era fan de blink 182 y bon jovi).

Quería leer cientos de libros de aventuras.

Ser libre.

Aquel año terminé teniendo los patines de mi primo y una pelota.

Y unos años después me dejaron jugar al fútbol en el colegio y nos dejaron pintar la bicicleta rosa de mi hermana de rojo con detalles negros (quedó chulísima y sentíamos que iba más rápido).

Eso sí: a mis padres les dijeron de todo por permitir que su hija jugara a cosas que algunos consideraban «de hombres».

Pero yo solo quería jugar a todo.

Yo quería correr.

Quería ir en bicicleta a toda velocidad con mi hermana.

Quería montar en cuatrimoto (luego subo unas fotos de mis primeros cuatris).

Quería boxear (lo conseguí hasta los 18 años).

Soñaba con correr motocross (mi papá fue corredor de motocross y yo quería ser como él).

Quería hacer kickboxing.

Quería bailar sin preocuparme por ser «delicada», ni tener que «cuidar lo que otros pudieran pensar de mi forma de bailar».

Y odiaba los vestidos porque no podía correr bien con ellos (y me quedé castigada en una ocasión por no querer ir a un cumpleaños con vestido).

Yo quería ser libre. Explorar. Vivir sin miedo.


Y entonces estaban los perros

Curiosamente, hay algo que sí estuvo siempre conmigo.

Los perros.

De niña quería quedarme con todos los perros callejeros.

Todos. Me acercaba y les daba comida.

Me encantaban los Labradores Retriever y los Dálmatas.

Compraba revistas.

Hacía calendarios.

Recortaba fotografías.

Hacía collages.

Tenía perros de peluche.

Hacia «investigaciones».

Leía todo lo que encontraba sobre educación canina.

Intentaba entrenar a nuestros perros.

Ellos, por supuesto, tenían otros planes.

No me hacían ni caso.

También leía sobre cómo ser criadora de Labradores.

Y tenía una fantasía maravillosa:

descubrir cómo hacer para que un cachorro pudiera quedarse siendo cachorro para siempre.

No funcionó.

Una pena.

También soñaba con vivir algún día en una montaña llena de pinos.

O en un viñedo.

Pasear a caballo, aunque los caballos me daban miedo, porque en todos los que me subí tuve alguna aventura.

Y tener una vida tranquila.

Libre.

La asignatura que más me gustaba en el colegio era Ciencias Naturales y Geografía porque podía aprender sobre animales, bosques y lugares.

Después llegó Biología.

Y la odié.

En bachiller nos hicieron realizar una práctica con palomas.

Las dormían con formol y después las abríamos para observarlas y morían.

Recuerdo perfectamente lo mal que me sentí.

Recuerdo haber odiado cada minuto. Recuerdo que me salí del laboratorio y no terminé la práctica. Me marché y preferí suspender que colaborar con esa masacre de palomas.

Hasta hoy, si pudiera volver atrás, buscaría la manera de denunciar aquello.

Y entonces dejé de querer Biología.

La química tampoco me gustaba.

Hasta que descubrí las fermentaciones.

Y entonces algo cambió.

Resulta que la química podía convertirse en vino.

Y terminé estudiando Ing.Química solo para poder estudiar Enología después.

La vida tiene unas vueltas bastante extrañas.


Siempre pensé que había algo más

Durante muchos años tuve esa sensación.

La sensación de que había algo más.

Que la vida no podía consistir únicamente en cumplir una lista de cosas que alguien había decidido que eran una buena vida.

Hablaba durante horas con mis amigas.

Después, durante mis voluntariados, con personas completamente diferentes.

Les decía que había que soñar y trabajar por ese sueño.

Que había que intentar cosas, aunque no salieran, aunque después nos dieramos cuenta que no nos gustaban más.

Que seguramente existía algo más allá de lo que nos habían enseñado que era posible.

Yo estaba convencida.

Y creo que tenía razón, aunque ahora no sé como recuperar ese espíritu que tenía.

Lo que todavía no sé es cómo conseguirlo, porque a veces aunque trabajes muy duro, las cosas no salen y los planes se truncan.


Galicia

Y entonces llegué a Galicia.

Después de moverme por diferentes lugares maravillosos, llegó un momento en el que pensé:

«Ya está. Quiero echar raíces.»

Hace aproximadamente seis años estaba convencida de que Galicia podía ser mi sitio.

Y, en muchas cosas, lo ha sido.

Me encanta su naturaleza.

Me encanta la lluvia.

Me encanta el cielo gris.

Me encanta el frío.

Me encanta caminar entre árboles.

Me gusta la tranquilidad.

Las montañas.

Los caminos.

El verde.

El azul de las Rías.

El clima que muchas personas consideran horrible y que a mí me parece maravilloso e idílico.

Pero también hay cosas que han sido muy difíciles.

Hacer amigos aquí ha resultado muchísimo más complicado de lo que imaginaba.

Y eso es especialmente difícil porque estoy casada con probablemente una de las personas más sociables que conozco.

Mi marido necesita amigos.

Necesita vida social.

Y aunque nació aquí, pasó parte de su vida en Valencia y muchos de sus amigos terminaron marchándose de España.

Así que él también ha tenido que aprender a vivir con esa sensación de distancia.

Y mientras tanto, yo estoy aquí intentando construir una vida.


Quizá mi mayor talento sea intentarlo

Nunca he sentido que destacara especialmente en algo.

No fui la niña más inteligente de la clase.

No fui una artista extraordinaria.

No soy especialmente sociable.

No soy la más guapa.

No soy atlética.

No tengo un talento que pueda señalar y decir:

«Esto es lo mío.»

Pero hay algo que sí hago.

Lo intento.

Aunque tenga miedo.

Aunque piense que probablemente voy a fracasar.

Aunque no sepa cómo hacerlo.

Aunque nunca vaya a destacar.

Lo intento.

Me he mudado de países.

He cambiado de rumbo.

He estudiado cosas muy diferentes.

He empezado proyectos.

He aprendido.

He vuelto a empezar.

Y probablemente, si no fuera por los perros, habría seguido con esa vida.

Quizá estaría viviendo en otro país.

Quizá seguiría moviéndome.

Porque los perros fueron, en cierta manera, la primera razón que me hizo pensar:

«Ahora tengo que echar raíces.»


Y ellos se convirtieron en mi hogar

Hay una parte de esta historia que me cuesta mucho escribir.

Pero quiero hacerlo.

Porque si estoy hablando de hogar, de origen y de perros, no puedo fingir que esta parte no existe.

Hubo una época en la que estuve realmente mal.

Mucho.

Y mis perros fueron una de las razones por las que decidí continuar.

Pensaba en qué pasaría con ellos si yo no estuviera.

Pensaba que podrían terminar en una protectora de nuevo.

Y no podía soportarlo.

Así que seguí aquí.

Hoy estoy mucho mejor.

Y quiero dejar eso claro.

Pero no puedo negar lo que significan para mí.

Aquiles me devolvió a la vida.

Lua consiguió que las noches dejaran de ser un lugar tan aterrador.

Incluso ahora, algunas veces aparece en mis pesadillas y, dentro del propio sueño, su presencia consigue tranquilizarme.

Y Rayo me permitió vivir algo que llevaba años deseando:

tener un cachorro.

Disfrutar de esa experiencia.

Sentir ese vínculo tan intenso con un perro joven que parece pensar que eres el centro del universo.

Los tres me han acompañado en momentos diferentes.

Y los tres me han enseñado cosas diferentes.

Son mis perros.

Pero también son, de alguna manera, mi pequeña familia aquí, mi compañía y mis amigos.

Son mi lugar seguro.

Mi hogar.


Y entonces vuelvo al principio

Tengo que decidir.

Galicia o México.

Volver al origen o continuar construyendo lejos de él.

México tiene cosas que aquí no tengo.

Familia.

Apoyo.

Una red.

Posibilidades económicas que podrían ser diferentes.

Y una cultura que, en determinados aspectos de la convivencia con perros, podría resultarme más sencilla.

Pero también están las cosas que me hicieron marcharme.

Hay libertades que siento que tendría allí y otras que perdería.

Está mi familia.

Pero también está el peso de todas las expectativas que durante años intenté dejar atrás.

Está el tema de la seguridad.

Está el clima.

Está el calor.

Está el desierto del norte.

Está la delincuencia.

Está la falta de lluvia.

Está la familia.

Está la nostalgia.

Está la culpa.

Está todo aquello que fui.

Está la sensación de fracaso que me persigue.

Y está todo aquello que todavía quiero ser.

Galicia, por otro lado, me ofrece una naturaleza que amo.

Una tranquilidad que necesito.

Una seguridad que valoro.

Un clima que adoro.

Pero también salarios bajos.

Pocas oportunidades laborales.

Una dificultad enorme para encontrar vivienda adecuada para tres perros.

Lo casi imposible que resulta ser autónomo.

La parte social/cultural que es tan complicada muchas veces.

Y una sensación de aislamiento que, después de tantos años, pesa.

En México quizá podría tener mejores ingresos si consigo un buen trabajo y tengo las conexiones adecuadas.

Pero probablemente tendría menos vacaciones y menos tiempo.

Aquí hay una vida más tranquila, pero conseguir estabilidad económica es otra historia.

No hay una opción perfecta.

Y quizá ese sea precisamente el problema.


Todavía no sé dónde está mi hogar

Quizá por eso me cuesta tanto decidir.

Porque no estoy eligiendo simplemente un país.

Estoy eligiendo entre diferentes versiones de mi vida.

La niña que quería ser libre.

La mujer que se marchó.

La mujer que quería echar raíces.

La hija que siente que quizá abandonó a sus padres.

La pareja que quiere construir una vida junto a su marido.

La mujer que quiere una familia.

La persona que necesita naturaleza y tranquilidad.

Y la humana que vive con tres perros y que ya no puede imaginar su vida sin ellos.

No sé dónde vamos a estar dentro de unos meses.

No sé si volveremos.

No sé si nos quedaremos.

No sé si aparecerá una tercera opción que ahora mismo ni siquiera puedo imaginar.

Lo único que sé es que esta vez no quiero tomar una decisión solamente porque sea la más fácil.

Tampoco quiero tomarla únicamente por miedo.

Y mucho menos quiero tomarla por culpa.

Quiero encontrar un lugar donde podamos estar bien.

Mi marido. Mis tres perros. Y yo.

El hogar no es exactamente el lugar donde naciste.

Ni el lugar donde decidiste quedarte.

Quizá tampoco sea el lugar donde tienes más dinero, más oportunidades o más comodidades.

Quizá el hogar sea el lugar donde puedes ser tú sin tener que encogerte para caber dentro de la vida que alguien más diseñó para ti.

Y después de toda una vida intentando descubrir quién quería ser…

supongo que ahora me toca descubrir dónde quiero serlo.

Todavía no tengo la respuesta.

Pero esta vez no quiero seguir huyendo de la pregunta.

Quiero encontrar mi lugar.

Y quizá, como tantas veces me han enseñado mis perros, no se trata de saber exactamente hacia dónde vamos.

A veces basta con dar el siguiente paso.

Y después otro.

Y otro.

Hasta descubrir dónde termina el camino.

Como siempre… Gracias por leerme.

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